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    Pampliega relata la labor de los cooperantes en la reconstrucción de vidas en Afganistán

    21 de octubre de 2018

    Madrid, 21 oct (EFE).- El periodista español Antonio Pampliega regresa a Afganistán para mostrar a las niñas suicidas, los enajenados y también a los lisiados que reencuentran la dignidad gracias a su rehabilitación en "la fábrica de esperanza", creada por el cooperante italiano Alberto Cairo para la elaboración artesanal de prótesis.

    En entrevista con Efe con motivo de la presentación de su último libro "Las trincheras de la esperanza" (Península), Pampliega elogia la "auténtica labor de cooperantes" como Alberto Cairo, responsable desde hace 28 años de las clínicas de fisioterapia de Cruz Roja en Afganistán, donde hay al menos 170.000 discapacitados.

    El relato retrata la obra de Alberto Cairo a través de las vivencias de quienes perdieron las piernas o los brazos y encontraron en las prótesis el medio para recuperar su dignidad y abandonar las calles donde mendigaban el sustento o el encierro de por vida por ser mujer.

    Y es en el proceso artesanal de elaboración de las prótesis donde muchos afganos que ahora trabajan con Cruz Roja, bajo la dirección de Cairo, recuperaron la autoestima y el medio de vida con que mantener a sus familias.

    Empezando por Ghulam y Najibullah, los enemigos irreconciliables de la era del enfrentamiento de los soviéticos con los muyahidines, ahora devenidos en grandes amigos y compañeros de trabajo, el autor rebusca en las historias humanas.

    Su objetivo hacer un retrato de la lucha por la superación en un medio más que hostil, una sociedad literalmente en escombros.

    En su segundo libro sobre Afganistán, Pampliega ha logrado la cooperación de Cairo, reacio al protagonismo, que rehuye, aunque en esta ocasión acepta.

    Pero sólo para dar voz a quienes durante todas las épocas del largo conflicto han mantenido abierto el centro, solo con breves interrupciones en los momentos de combates más cruentos.

    La mayor preocupación que trasluce Pampliega es el alarmante abandono escolar de las niñas y el cierre de colegios por la inseguridad en las zonas bajo dominio de los talibán, 714 escuelas sólo entre 2015 y 2016.

    "Controlan más del 40 por ciento" del territorio, subraya.

    Es muy pesimista sobre el futuro del país por la falta de recursos educativos.

    Y por el enorme repunte de la violencia con muchos "secuestros exprés que jamás habían ocurrido" y el abandono de las tropas internacionales, cuyo despliegue considera "no ha servido para nada".

    Reconoce que contemplar el resultado de "la humillación y las torturas a niñas cuyos maridos tienen hasta más de treinta años que ellas" ha supuesto un auténtico shock para él.

    Duro y difícil -explica- fue hablar con ellas y fotografiarlas en el hospital de Herat en la unidad de quemados, donde acaban tantas veces por ser el procedimiento más habitual de las mujeres maltratadas para poner fin a sus sufrimientos.

    También explica que no entiende cómo en Occidente hay quien rechaza las vacunas cuando ha tenido que ver como una niña de cinco pierde todas sus esperanzas por no tener acceso a ellas.

    Lo considera inexplicable.

    Como narrador presente también se fustiga a si mismo cuando rememora como cayó con 27 años en Afganistán "en busca de fama, fortuna y gloria".

    "Era joven. Inconsciente. Inocente", evoca casi diez años después, unas cuantas guerras más y 299 días de cautiverio en Siria, donde fue secuestrado junto a dos compañeros a mediados de julio de 2015, cuando los tres preparaban un reportaje sobre los Cascos Blancos -la Defensa Civil Siria- en la ciudad de Alepo.

    Aún así no lo duda, ejercer el periodismo "es el mejor curro (oficio) que hay", y eso que él lo ha pasado mal.

    "¿Y cómo te despiertas?... Con un secuestro a base de hostias", exclama al mencionar su cautiverio en manos de Al Qaeda en Siria.

    El rostro le cambia al recordar el ejemplo que supone para las mujeres afganas la capitana de la selección de baloncesto, Nilofar, joven discapacitada, cuyo mérito también es atribuible al apoyo de su padre, educado en la era soviética, aclara.