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    Bertrand Cantat, entre el derecho de reinserción y el recuerdo de su víctima

    14 de marzo de 2018

    París, 14 mar (EFE).- ¿Tiene derecho Bertrand Cantat a volver a los escenarios? Siete años después de haber purgado la condena por el asesinato de su pareja, la actriz Marie Trintignant, el cantante francés se enfrenta de nuevo a una oleada de agitación social cuando trata de relanzar su carrera artística.

    Hasta la fecha, ninguno de sus intentos de volver a cantar ha quedado exento de críticas, como evidenciaron los gritos de "asesino" que le esperaban este martes en la entrada a su concierto en Grenoble (sureste de Francia).

    Cantat había anunciado el día anterior su retirada de los festivales en los que debía participar este verano, algunos de los cuales habrían incluso decidido, en un primer momento, no alardear en sus carteles de su presencia.

    "A día de hoy, pido, como cualquier ciudadano, el derecho a la reinserción", escribió en su página de Facebook, si bien el músico mantiene su gira por Francia, con una veintena de conciertos que deben culminar en dos citas, el 29 y el 30 de mayo, en el Olympia, la famosa sala de espectáculos parisiense.

    Colectivos feministas y, especialmente, la familia Trintignant denuncian la "impunidad" artística del cantante, aunque desde el lanzamiento de su último disco, "Amor Fati", en diciembre de 2017, la polémica ha frenado la promoción del álbum.

    En las últimas semanas otros tres eventos organizados en primavera cancelaron la participación de Cantat, como el festival normando "Papillons de Nuit", tras una petición en línea que recogió 68.000 firmas en contra del artista.

    "La cuestión es saber si un hombre condenado y que ya cumplió su pena debe ser privado moralmente de su trabajo como artista", indicó el presidente de honor de la Liga de Derechos Humanos, Henri Leclerc, quien reivindicó este miércoles en el canal BFMTV el derecho "jurídico y moral" a la reinserción y el de sus fans "a escuchar su obra".

    La ministra francesa de Cultura, Françoise Nyssen, dijo "entender la fuerte emoción" que supone para las mujeres ver actuar a Cantat, pero se mostró a favor del "derecho a vivir" del cantante, "una vez pagada su deuda con la justicia", y rechazó influir en los organizadores.

    "Creo que Bertrand Cantat, como todos aquellos que han salido de prisión, tiene derecho a trabajar. Lo que resulta problemático es convertirlo en una especie de héroe, compadecerlo y decir que está atormentado", señaló por su parte la secretaria de Estado de Igualdad, Marlène Schiappa, entrevistada en la cadena RTL.

    La directora de cine Nadine Trintignant, madre de la víctima, pidió públicamente a su antiguo yerno que cese "completamente" su actividad, que calificó de "indecente", al tiempo que denunció que no tuviera "una condena normal" por el asesinato de su hija en julio de 2003 en Vilna.

    Tras ser detenido, Cantat afirmó que había dado "cuatro bofetadas" a la actriz, ingresada en estado de muerte cerebral en un hospital de Vilna, del que no salió hasta su deceso unos días más tarde en un centro francés.

    Los médicos forenses lituanos concluyeron que Marie, hija de Jean-Louis Trintignant, uno de los actores más famosos de la escena francesa, había recibido en el transcurso de una disputa con Cantat diecinueve golpes, cuatro de ellos en la cara, y que cayó, inerte, al suelo de la habitación de hotel en la que estaban.

    Condenado al año siguiente por la justicia lituana a ocho años de prisión, Cantat pasó cuatro recluido, la mayor parte de ellos en una cárcel francesa, y tres en libertad condicional, antes de tratar de recuperar el ritmo de su vida profesional en solitario y abandonar en 2010 "Noir Désir", el grupo con el que alcanzó la fama.

    El pasado mes de octubre, la revista "Les Inrocks" se disculpó públicamente por "revivir el sufrimiento" de la muerte de la actriz, tras haber sacado a Cantat en portada, despertando de nuevo la controversia.

    A día de hoy, Cantat reconoce su responsabilidad en el crimen, pero denuncia que le hayan convertido en un símbolo de la violencia contra la mujer.

    Por María D. Valderrama